orgullosa por siempre

Escépticos

Por: Alfredo Quintanilla

Publicado: 2015-11-14

¿Por qué hay personas que están dispuestas a perder millones apostando a una candidatura inviable? Se entiende que los que hayan gobernado quieran repetir el plato y que sus simpatizantes tengan una relativa seguridad en su inversión, pues tendrán algún retorno (ya sea en dinero o en cargos), pero ¿y los que apuestan por los que tienen el 2% de posibilidades? Si bien algunos candidatos pueden gastar de su propio patrimonio, la mayoría gastará los ahorros de sus simpatizantes en aras de una ilusión. Y no será sólo porque piensen que es una buena inversión, sino porque la posibilidad de acceder al poder político es un atractivo suficiente para que algunos cometan actos perfectamente irracionales. 

¿Estoy en contra de la renovación de las caras en la política? De ninguna manera, pero, como es obvio, las buenas intenciones no debieran bastar para calificar a los candidatos. Habría que juzgar sus actos. ¿Y cuáles son los actos que deben ser juzgados? Pues su trayectoria o actuación pública; es decir, aquella conducta relacionada con la gestión o capacidad para resolver asuntos de interés general. Sin embargo, este factor no pesa en la balanza a la hora de decidir. Ya hay estudios que muestran que mientras menos educado y más pobre sea el elector, otros serán los factores que intervendrán a la hora en que decida su voto, tales como la capacidad oratoria del postulante, los obsequios o “recuerdos” que entrega, la propaganda que exhibe y las opiniones que sus allegados tienen sobre el que se ofrece a solucionar sus problemas.

Hay millones de peruanos y peruanas que en cada ciclo electoral están dispuestos a encontrar a ese Moisés salvador del Perú náufrago, a ese Napoleón estratega de nuestro desarrollo, y a entregarle todas sus esperanzas y expectativas. Millones y millones de peruanos y peruanas están convencidos de que hay compatriotas excepcionales, de otra madera y temple, de otra raza, que “saben” gobernar, que “saben” mandar, que “saben” hacer obra, que son tigres de las finanzas y de los negocios.

Justamente, el marketing político se encarga de tratar de hacer encajar al postulante en esa imagen difusa que tiene el peruano de a pie de lo que significa un “buen candidato”, y de hacerle creer que los crímenes, mentiras o robos que se le atribuyen, y que a veces lee u oye en los titulares de las noticias, solo son habladurías de envidiosos o resentidos.

Sin embargo, como anota Julio Carrión, de la Universidad de Vanderbilt, las periódicas desilusiones de los electores ante los incumplimientos que hacen los gobernantes de sus promesas, están socavando las bases de nuestra frágil democracia. Es que “una sola vez lo capan al gato”, dice el refrán popular, y cada vez crece el número de plebeyos, entre esos dos tercios que sólo leen titulares y desconfían de los políticos, que están atesorando su voto para no rifarlo a cualquier postor.

Ahora bien, ¿el persistente tercio que registran las encuestas, al que no le gusta ningún precandidato, pertenece a los peruanos de abajo? Es probable que no, pues el escepticismo generalmente tiene que ver con lecturas y tiempo para analizar las cosas; cosas que lamentablemente no están al alcance de las mayorías.

Habría que recordar que si bien un artículo de la Constitución reconoce a todos el derecho de ser elegidos y elegir libremente a sus representantes, a nadie reconoce el derecho de gobernar a los demás. El gobierno en democracia es un mandato, un encargo, una encomienda. Si esta sola idea se hiciera carne y pasión en las multitudes, habríamos dado un salto enorme hacia convertirnos en una sociedad desarrollada.


Escrito por

noticiasser

Una publicación de la Asociación SER


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El blog de Noticias SER

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